
Noviembre
Camila y Lemuel
¿Podremos olvidar? Nunca se preguntaron algo más en serio. Sus ojos les dicen que no pasa nada, pero las sombras sólo desaparecen en la oscuridad. Parece que no pueden verlo estando como están ciegos, como si sus manos al acariciarse hubieran cerrado sus ojos con agua y ya no pueden ver sus palabras, ya no ven nada.
Sentados de soslayo, sin ser ya uno el otro, son sólo otros devolviéndose los pulmones, devolviéndose los ojos, devolviéndose el olor. Intentando hablarse como siempre, sin ser ya como siempre. Es como nunca ha sido, como nunca volverá a ser, sin poder tomarse de la mano, sin poder mirarse las manos, sin tener el valor de mirarse.
Se les atrapó mientras el sol se dejaba derrochar, mientras la luz se destintaba en la por poco noche. Camila llegó con sus pasos de casi luz y casi viento, sus ojos volcaban lunas de mar y estrellas de aire sobre la silueta lejana de Lemuel, con el mismo dolor en una mano y con el mismo amor en la otra, mientras él acariciaba la distancia que tenuemente se desleía, que tenuemente era todo.
Como si llegaran al filo de un precipicio, se detienen un soplo antes de saber si saltan o caminan a otro lugar. El viento es lo único que se escuchan decir cuando Camila olvidó sostener sus labios con la mano en la que tenía el amor, hasta que comenzó a embriagarse de un dolor que fue endureciéndose en palabras que prometían olvido con la mayor negación conocida: nunca más. Que les ordenaba tirar sus miradas al silencio.
No saltaron. Mientras el día se despojaba de la luz, caminaron siguiendo los pasos que había dejado el otro para llegar, era lo último que sabrían de esa tarde en que se dejaban como arena.
